Sintiendo una fresca brisa acariciando algo bruscamente toda mi piel, asimilando la infinidad de formas y colores desconocidos de un templo cualquiera y observando a centenares de personas vestidas de forma única me acabé de dar cuenta de que no me encontraba en un lugar cualquiera. Bali no parece de este mundo, y mucho menos del mundo indonesio que había visto con anterioridad.

No había duda, el mito se confirmaba: Bali es una isla única.




