De repente, y aún creyendo que no tendríamos la “suerte” de poder presenciar los sacrificios de animales que tan comunes son en ese templo en el que estábamos, empecé a oír un grito ahogado que rápidamente cesó para convertirse en un chorreo de líquido precipitándose hacia el suelo. Busqué con la mirada lo que me temía, y allí vi la primera de las tantas escenas gantescas que presenciamos en Dakshinkali, un templo situado a una hora de Thamel, en Katmandu. La sangre ya se había empezado a derramar por el blanco suelo, dejando una alfombra roja que nadie dudaba en pisar con los pies descalzos. Mientras, el animal -en este caso, una cabra- giraba los ojos y movía energicamente las patas en lo que eran sus últimos impulsos vitales antes de morir ahogado en su propia sangre.
Todo termina, dicen, y al igual que la vida de ese y de otros muchos animales estaba terminando, los días en el maravilloso Nepal también daban sus últimos coletazos. Como bien sabéis, tras regresar a Katmandú procedientes de Chitwan, nos dedicamos a visitar lugares emblemáticos y otros más desconocidos cercanos y situados en el llamado como Valle de Katmandú.


