Celebrando la muerte en Sulawesi: Tana Toraja

No tengo ninguna duda de que el viaje que estoy realizando (y cuyo final siento cada vez más cerca) me va a marcar de por vida y jamás lo voy a olvidar. Son muchas las experiencias que gota a gota han ido llenando mi ser de sabiduría y conocimiento, el mismo día a día de una vida nómada me ha ido moldeando a medida que han ido pasando los meses.

No obstante, ha habido momentos en esta aventura que el gota a gota se ha intensificado hasta límites insospechados, y pareciéndose más a un chorro a propulsión, ha llenado varios litros de conocimiento en tiempo récord. El precio de lo extremo.

Y en Sulawesi viví una situación como esta, una situación que desamuebló mi mente, que la removió, la sacudió y tal y como había venido, se volvió a ir dejándolo todo en un orden diferente.

Os hablo en concreto de las tierras de Tana Toraja, un lugar que no parece de este tiempo, una zona cuyas tradiciones se han mantenido hasta día de hoy siendo para nuestra mente occidental algo extraordinariamente sorprendente. Tana Toraja gira entorno a la muerte, pero como ya descubrí en Varanasi, esta misma muerte no deja de emanar vida por todos sus poros.

Llegué a Tana Toraja tras un largo viaje nocturno en autobús desde la capital de la isla de Sulawesi, Makassar. En la ciudad más importante de la zona, Rantepao, varios hostales se reparten los pocos viajeros que en esa época del año, casi en pleno monzón, deciden aventurarse hasta allí.

Era el lugar más diferente que había visto en Indonesia. Tremendamente húmedo, tremendamente verde, tremendamente rural.

Desde el mismo autobús ya habíamos visto decenas de tongkonans, las casas tradicionales de los toraja, que según la versión más aceptada, emulan las primeras casas que sus ancestros construyeron con los barcos que los habían llevado desde islas más lejanas.

Y es que los toraja, llevan habitando la isla de Sulawesi desde hace siglos. Procedientes, según se cree, de Camboya, se instalaron en el norte de la isla. Allí, siguieron con unas costumbres animistas que fueron evolucionando con el tiempo mezclándose a partir de la colonialización holandesa con el cristianismo. El resultado es apreciable hoy en día: los tongkonans y las iglesias siguen siendo las construcciones mayoritarias en los pueblos.

Pero si hay lago que les hace conocidos y los convierte en objetivo de quienes buscamos culturas diferentes de las que aprender, es sin duda su visión respecto a la muerte y todo lo que gira entorno a ella.

Así que aunque suene raro, llegamos a Rantepao, a Tana Toraja, buscando la oportunidad de poder asistir a un funeral. Pero lógicamente, no es tan sencillo como parece ya que para que haya un funeral, lógicamente, se necesita a un muerto. Pero además, en el caso de Tana Toraja, el muerto no tiene porque ser reciente, si no que puede ser de hace algún par de años incluso. Así que las posibilidades no son muy seguras.

Y sí, no me he equivocado al decir que el muerto puede ser de hace algunos años, y es que en la cultura tradicional toraja, cuando alguien muere, sigue “viviendo” y compartiendo espacio con el resto de la familia. Se le pone al lado de las comidas, presencia alguna boda e incluso duerme al lado de su viudo o viuda. ¿Y todo esto por qué?

Pues para esperar a recaudar el dinero suficiente como para hacer una celebración suficientemente pomposa y cara como para que torajas de las zonas más lejanas quieran venir. En un funeral toraja, cuantos más; mejor.

Y nosotros llegamos… ¡y tuvimos suerte, mucha suerte! El mismo día se celebraba la jornada más importante de un funeral que duraría casi una semana.

Al llegar al pueblo en el que tendría lugar la celebración ya vimos que se trataba de algo importante. Centenares de personas iban y venían con vestidos tradicionales en el que el negro era el principal protagonista. No obstante, en contraposición del luto que asociamos a ese color, todo eran risas, sonrisas, gritos y fiesta.

Llegaban por todas partes camiones cargados con gallinas, cerdos y bueyes. Pero no lo hacían en libertad, está claro. Las gallinas, compartiendo jaula con unos diez ejemplares más, los cerdos, colgados de largos palos de bambú y los búfalos, siendo tirados por un gancho que atravesaba su hocico.

El panorama, ya antes de empezar era dantesco. La alegría y jolgorio de la gente se entremezclaba con los chillidos aterradores de los cerdos que sufrían por su libertad que nunca iba a llegar. Sus ojos, sangrientos del estrés y presión al que estaban sometidos, eran objetivos que mi mirada siempre quería evitar sin conseguirlo.

Entonces se ató un nudo en mi garganta que perduraría todo ese día.

Como si nada extraño estuviera ocurriendo, toda la gente se iba repartiendo por zonas según los pueblos de procedencia esperando el banquete al que les invitaba la familia del difunto.

Nosotros no fuimos menos, y también fuimos invitados a comer. Y es que para esa familia, era un enorme orgullo tener a unos extranjeros en la celebración de ese funeral por el que tanto tiempo habían estado esperando.

La comida consistió en un poco de arroz y algunos platos de carne y pescado servidos en hojas gigantescas de plátano. Y mientras esto iba siendo servido, a pocos metros, un hombre clavaba un enorme machete en el cuello de un cerdo.

Sus chillidos agónicos y ahogados retumbaban en cabeza sin encontrar otra salida que mis ojos y en forma de lágrimas. No me lo podía creer… Estaba siendo muy duro, pero quería seguir allí, observando toda aquella celebración-barbárie.

Las horas fueron pasando entre comilonas, charcos de sangre, cerdos chillando, machetes siendo brutalmente usados, fogones quemando las pieles de los animales ya muertos… El olor se combinaba entre una densa humedad calurosa procedente del barro, un fuerte tufo a sangre fresca y un insoportable humo negro de la quema de los cerdos

A todo esto, llegó el momento de trasladar el muerto desde una pequeña cabaña en la que estaba “comiendo” con su familia, hasta un enorme altar construido con bambú. El viaje no fue relajado, no, más bien parecía un concurso para ver cuán rápido se podía tirar el cuerpo de ese hombre.

Mientras, los niños entonaban canciones tradicionales y un locutor lo narraba todo cual Barça-Madrid en empate y a pocos minutos del final.

Surrealista…

Cuando el cadáver ya reposaba de nuevo dentro de ese altar, vino el plato fuerte de la jornada, el sacrificio de los búfalos. Mi primera intención fue la de refugiarme de la brutalidad tras el visor de mi cámara y dejar que fuera ella quien captara lo que iba sucediendo. Pero sin poder evitarlo, ni ella ni yo fuimos capaces de aguantar más de 30 segundos.

La sangre se desparramaba desde el cuello de los enormes animales como una cascada roja que emitía un terrorífico estruendo al caer al cuelo.

El animal, ya en el suelo tras una brutal caída, seguía moviéndose poseído por las uñas de la muerte, que desde otro mundo lo arrastraban a la inmovilidad. La agonía no cesaba, y en unos últimos movimientos bruscos de cabeza, finalmente, el búfalo descansó.

Mientras la escena se repetía algunas veces más, no podía articular ni una sola palabra. Mis ojos se mantenían abiertos como máximo unos 10 segundos seguidos. Hasta que no pude más y me fui.

La tarde siguió más tranquila, entre niños, gente y muchos menos gritos agónicos que la muerte ya se había ocupado de silenciar.

Finalmente, tras un día agotador, regresé a Rantepao con el conocimiento certero de haber vivido una de las experiencias más impactantes y a la vez especiales de mi vida.

Pero Tana Toraja aún tenía mucho más para nosotros.

Al día siguiente nos dedicamos a explorar las zonas más lejanas, al encuentro de poblados preciosos y de cuevas en las que se llevan a los muertos para que se queden para siempre.

Esas cuevas, oscuras y tenebrosas en el sentido más estricto de ambos significados, siguen custodiando los restos de centenares de torajas que año a año han sido llevados allí. Y por si fuera poco, se les siguen llevando ofrendas a todos y cada uno.

Calaveras con cigarros en la boca, esqueletos escandalosamente vestidos, ataúdes abiertos entre las rocas de las que cuelga una mano sosteniendo una botella… Y todo esto, bajo una oscuridad absoluta sólo menguada por una pequeña linterna.

Tana Toraja me marcó. Mucho. Jamás olvidaré el día en el vi la celebración más extrañamente fascinante de mi vida. Sin duda alguna.

Pero para acabar nuestro periplo en Indonesia, decidimos ir de nuevo a la playa, y ya que estábamos en Sulawesi, nos decantamos por ir a Pantai Bira, un lugar sin ni un solo turista extranjero que disfrutamos mucho.

No obstante, fuimos el centro de atención de todo el pueblo durante los 4 días que pasamos allí y es que dos mujeres y un hombre, todos con rasgos bien extraños para los indonesios (pelo rubio, rizado, un hombre con pendientes, uso discreto de bikini…) no podíamos pasar desapercibidos.

Si durante las últimas 3 setmanas en Indonesia, nos habían pedido mil veces una fotografía, sólo en Pantai Bira doblamos esa cantidad. Era impresionante, a cada paso, alguien buscaba un recuerdo con nosotros.

Allí, en Bira, se cerró un viaje apasionante descubriendo 3 islas del caleidoscopio que es Indonesia. Y también se cerraba una etapa especial en mi viaje, la que disfruté en compañía de mi madre y de Noemí.

Volvimos a Kuala Lumpur un par de días, y en el aeropuerto nos despedimos antes de que tomáramos caminos distintos. Mi madre y Noemi regresaban a Barcelona mientras que yo, proseguía mi viaje por uno de los países del Sudeste Asiático más olvidado, Filipinas.

Sin duda algunos, se cerraba una etapa importante en mi viaje, y poco a poco, empezaba a presentir que el final ya estaba más cerca de lo que parecía…

Había cruzado el ecuador de mi aventura asiática.

PD. Como siempre, más fotografías de Tana Toraja y de Pantai Bira en sus álbumes en Flickr.

16 thoughts on “Celebrando la muerte en Sulawesi: Tana Toraja

    1. Blai Post author

      Alberto, lo és, a mi me dejó más que boquiabierto, es algo tremendamente único.

      En directo es ya la repera! Algo muy duro pero muy interesante.

      Un fuerte abrazo amigo ;)

  1. bleid

    que guapo
    es un lugar que tengo muchas ganas de visitar
    los ritos funerarios de Sulawesi son muy famosos y debe ser espectacular inflirtarte alli en medio
    genial entrada y fotos
    abrazos y a seguir contandonos

    1. Blai Post author

      Muchas gracias amigo!

      La verdad es que merecen toda la fama que tienen. Son ceremonias que parecen de otros tiempos y allí las viven con una normalidad que sorprende mucho… Y pese a que llegar es algo costoso y sobre todo muy cansado, merece mucho la pena!

      Un fuerte abrazo!

  2. Serendipity Gi

    Aisssssssss!!! Si, Sulawesi és meravellosa!! Lo dels funerals sembla incrïble… nosaltres vam poder assistir-ne a un, el difunt del qual feia 4 anys q era mort!! I com bé expliques, el saluden i mengen amb ell com si fos viu… i què dir de Pantai Bira??? Que només de pensar-hi se’m posa la pell de gallina!!!! aaaaiiiisssss…!!! Apa, salut!!!

    1. Blai Post author

      hehe És realment impressionant. Vaig gaudir-ho moltíssim intentant captar tot el que passava al meu davant, però era impossible. Mil estímuls diferents a la vegada… Una passada.

      El mort del funeral al que vam anar en feia “només” un parell haha I nosaltres, a Catalunya no tardem ni 3 dies en enterrar eh… Molt curiós!

      I Bira… ai Bira! Quina gran sorpresa, trobar-te en un lloc tan paradisíac i estar-hi sol. Recordo fer caminates per sota de les roques punxagudes amb la marea baixa per la tarda i fer-les al dia següent pel matí amb la marea alta bucejant… Súper guay!

      Una forta abraçada ;)

  3. Pingback: Bitacoras.com

  4. Mª Mercè

    Realment va ser una sort poder assistir a un “espectacle”-funeral com el què expliques. No sé si jo haguès aguantat gaire davant la matança dels porcs i búfals.

    La construcció de les vivendes la trobo força original. Hi vas poder entrar?

    Petons i abraçades. Com sempre. I amb l’esperança de que quan tornis, ens les podem fer en directe davant d’una orxata ben freda.

    1. Blai Post author

      I tant que va ser una sort poder presenciar una cerimònia tant trepidant com aquesta. Però com dius, aguantar veient tant de patiment es fa molt dur. Vaja, tant que no vaig poder. Recordo que ens vam quedar una llarga estona sense dir-nos res entre nosaltres… Va ser molt fort.

      I ho trobo un patiment innecesari. Molt. Però crec, que al contrari que amb els toros a Ejpaña, allà no hi tinc res a dir. No sóc ningú per dir-los què està bé i què no, perquè les meves idees ho són en base del lloc on sóc. Però precisament, del lloc on sóc si que en puc dir el que cregui convenient, i és per això que els toros em fan repulsió!

      Doncs no vam poder entrar a les cases, però n’hiha de dos tipus, les normals, i unes molt més petites que en realitat no ho són i serveixen per guardar l’arròs.

      I tant que en parlaem en persona!! I amb una orxata, que bona!!!

      Una abraçada ;)

  5. Dos de viaje

    J…er Blai! Perdona si empiezo así, pero es que ha sido impresionante leer tu relato. Desde luego que tuvo que ser una experiencia que no podrás olvidar nunca… y mientras lo leía, a mí se me ha puesto un nudo en la garganta que ni te cuento. Bestial, tu relato y las fotos igual.

    Un saludo y a seguir así!

    1. Blai Post author

      Muchas y muchas gracias por tus palabras, como bien dices, fue una experiencia impresionante!

      Pues si leyendo se te ha puesto un nudo en la garganta, imagínate viviéndolo… Fue una pasada, algo tan fuerte, que uf… No sé ni como describirlo…

      Un fuerte abrazo ;)

  6. Marta

    Blai!!!

    Ufffffffff dura entrada..para mi que soy el colmo de lo sensible..El lugar exótico, misterioso y apasionante…el rito funerario..demasiado para mi…no creo que hubiera podido soportarlo en directo..De cualquier manera…increíble lo diferentes que somos unas culturas de otras…A mi Asia, sin haber estado aún, me atrapa..me fascina..

    Las casas super originales..me encantan!!!

    Como siempre..un placer leerte!!

    Un abrazo.

    Marta

    1. Blai Post author

      La verdad es que no es un lugar muy apto para gente muy sensible, pero yo, que me considero muy sensible (haha) lo aguanté y me pareció algo más que impresionante!

      Uf… Asia es una droga dura para mi, estoy impresionantemente enganchado. Lo probé por primera vez en 2009 y hasta el momento ya he estado en 13 países de este fascinante continente!

      Muchas gracias de nuevo y hasta el siguiente ;) Un abrazo!

  7. José Carlos

    Me ha hecho gracia el momento: “Y tuvimos suerte, se acababa de morir una persona y se estaba preparando la ceremonia” xDDDDDDDDD Aquí en España suena un tanto fuerte, sin embargo allí es lo más natural del mundo. Aunque ya podían ahorrar desde un principio, que fuerte eso de dormir hasta con el muerto, madre mía :D

    Venga que me pongo al día jaja

  8. conchita

    Hola Alberto!
    Me gustan muchísimo tus fotografias y todo lo que cuentas, pero discúlpame si te digo que he sonreido cuando he leido tu crónica de la matanza de los cerdos. En mi pueblo, un lugar cualquiera de Aragon, hasta hace bien poco, en mi casa, mataban los cerdos de la misma manera, de forma tradicional, los cogian entre cuantro hombres y el pequeño de la casa cogia el rabo del animal, cual rito iniciático, y el matarife le clavaba un enorme cuchillo en el cuello, mientras en este caso, mi madre, o la mujer mayor de la casa , al lado mismo de la cabeza sangrante, iba recogiendo la sangre y dándole vueltas para que no se coagulase, pues sinó ya no se podía utilizar para hacer las famosas morcillas.
    Todo esto entre unos gritos espeluznantes del animal moribundo que todavía recuerdo y me estremezco. Afortunadamente, me marché del pueblo joven, porque sinó era yo la siguiente a la que hubiese tocado recoger la sangre y eso, créeme no lo hubiera podido resistir.
    No tienes que irte tan lejos, en tu propio pais se sigue haciendo lo mismo. De todas formas, gracias por los relatos, son muy interesantes y el blog muy bonito. Saludos

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